martes, 15 de septiembre de 2009

Capítulo XXXVIII: Y que tampoco se deje caer por la fiesta del Vanity Fair

Vuelta al cole después de un verano en el que M ha hecho el vago, asistido a entierros y aprendido a hacer ganchillo (todo absolutamente verídico, hasta lo del ganchillo: pueden ver -y adquirir- mis fabulosas creaciones, y otras aún mejores de manos del pequeño lord Fauntleroy aquí). Vuelta con la intención de ser un poco menos cursi. A partir de ahora, en "La ejecución del autor ha sido cancelada", abandonamos el espejismo de educar a las juventudes porque esto lo leen cuatro, y mal pagados, y ya bastante talluditos, y diré palabrotas, obscenidades, y otras ordinarieces si me sale del...

...del...

Perdón, es difícil abandonar el coríntelladismo. Llegará con el tiempo.

Voy a inagurar el nuevo curso hablando de una ordinariez en toda regla, para que vean que esto va en serio: La adaptación al cine de la novela de Audrey Niffenegger "La mujer del viajero en el tiempo".

Admitiré sin sonrojarme que esperaba esta película con muchas ganas. La novela me fascinó, por resolver con elegancia triple los escarpados alcantilados de las historias sobre viajes en el tiempo, y por ser más románticodramática que "Los puentes de Madison". Me encantó el punto punkie, muy claramente emanado de la autora, que es así como superartística y posmoderna y especialita, con las drogas, e Iggy Pop con el "I scream, you scream, we all scream for ice cream". El papel maché larger than life de Clare, el punto entre Woody Allen y héroe trágico de Henry. Puedo decir con la cabeza bien alta que "La mujer del viajero en el tiempo" fue mi libro favorito del 2007.

Así que todos comprenderán que esperaba con muchas ganas la película. Pero pronto empezaron los malos presentimientos. A mí Eric Bana sólo me gustó en "Troya", porque, en términos relativos, su actuación en esa película fue de Premio Nobel. Pero nada más me convenció. Ni la cara de granito que ponía en "Munich", ni la cara de granito que le puso el maquillaje en "Star Trek". Rachel McAdams sí que me gustaba, pero no era la Clare que el libro me dio a entender. Y luego la fecha de estreno, que se retrasaba, y se retrasaba, y se retrasaba...

Así que, finalmente, vi la película a mediados de agosto, en un cine encantador que olía a caldofrán junto al teatro principal de Plymouth (Inglaterra). Que hacía conjunto con lo encantadora que es la película. ¡Ay, qué encantadora! Desde la sonrisa de cien watios de deliciosa sorpresa de Rachel McAdams cada vez que Eric Bana aparece en escena (será porque está desnudo la mayor parte del tiempo), la sonrisa dentuda e igualmente encantada de la vida de la niña que hace de Alba, ¡qué madura! ¡qué encantadora!, la simpatiquísima secuencia en la que Clare y Henry encuentran la casa de sus sueños. ¡Qué encanto! ¡Qué delicia! Y hasta el final, ¡qué sol tan bonito hace! ¡Qué chaquetilla de punto más mona lleva puesta Rachel McAdams!

¡Qué encanto! ¡Qué adorable! ¡Qué ganas de que termine la película para dejar de sufrir!

"The Independent" comparaba "La mujer del viajero en el tiempo" con "El curioso caso de Benjamin Button", por su alarmante falta de sentido del humor y su absoluta vacuidad. El acertado reportero decía que, si el mensaje de "Benjamin Button" es "¿A que da pena cuando la gente se hace mayor?", el de "La mujer" es "¿A que da pena cuando la gente se muere?"

Todo, todo lo que podía dar a esta película un cierto tono de profundidad, de interés, de morbillo, si quieren, ha desaparecido tras un (es)tupido velo, barrido por un plumazo, obliterado, adiós, bye, bye. Lo que queda es un pastelón que desaprovecha de una forma escandalosa tantas oportunidades narrativas que uno acaba pensando que el equipo entero sufría de ceguera cognitiva y que, lo peor de todo, se toma a sí mismo taaaaaan en serio como un velatorio. Lo que podría haber sido una discreta obra de culto (¡con menos encanto! ¡con morbillo! ¡con autoparodia!) es una chorrada digna de los telefilmes que Antena 3 solía programar en las sobremesas de los fines de semana.

Así que no, Bruce Joel Rubin no será nominado al Oscar al mejor guión adaptado (ganó el Oscar al mejor guión en 1991 por "Ghost"), y eso no le sorprenderá para nada. Porque este guión lo escribió con los pies. Mientras dormía con la radio puesta.

lunes, 3 de agosto de 2009

Capítulo XXXVII: J'accuse, ¡y bien a gusto que me quedo!

Justo recordaba el otro día aquella escena de las primeras temporadas de "Friends" en la que Chandler quiere poner burra a su novia Cathy, así que acude a Monica y Rachel para que le den consejos. Monica le dibuja un diagrama del cuerpo femenino con sus correspondientes zonas erógenas, a las que pone números y procede a enumerar en el orden en el que deben de ser estimuladas. La escena culmina con el ya mítico "Siete... Siete... ¡Siete...! ¡Siete! ¡Siete! ¡SIETE! ¡¡SIETE...!! SIETE".

Esta escena es un simpático guiño a la escena de la hamburguesería de "Cuando Harry encontró a Sally", y ha pasado a ser uno de los momentos más recordados de la serie.

Por eso, comprenderéis mi sorpresa, cuando ayer por la noche, tragando indecentemente con esa desfachatez bullanguera y estridente que es "Escenas de matrimonio", que mi hermano prepubescente sigue con una religiosidad alarmante, me encontré con que la parejita de los jóvenes pipiolos, aquella que representa que hace poco que viven juntos, y él es medioguapo y quiere ser escritor y me parece que antes la chica era otra que ahora sale en "Aída", ¿saben?, mi sorpresa, digo, al ver que esta parejita plagiaba descaradamente esa escena.

Claro que la plagiaba a vuelapluma, sin darle tono ni intención, de una forma que parecía relleno puro, vamos, que no tenía ni puñetera gracia.

Señores guionistas, si van a plagiar, plagien hasta el fondo, ¡copón! ¿O es que no saben que ahora eso se llama homenaje?

viernes, 24 de julio de 2009

Capítulo XXXVI: La oruga tiene hambre

Hace unos días tuve una acalorada discusión (acalorada para mí; a mis interlocutores, la verdad, ni les iba ni les venía el asunto) sobre la naturaleza literaria o no del guión cinematográfico.

La discusión surgió al cuestionar si para un autor literario, un novelista, pongamos, no sería "rebajarse" el ponerse a escribir para el cine. Cito textualmente, "sería como poner un caballo de carreras a arar campos".

¿De verdad?

Es cierto que puede considerarse que el guión cinematográfico es incompleto, porque no su función última no es ser encuadernado y leído. Un guión se hace para transformarlo. Un guión es una larva, una oruga, para la que se teje un capullo del cual, si todo va bien, saldrá una hermosa mariposa.

¿Significa eso que no tiene valor en sí mismo?

Si analizamos el caso del teatro, hay obras que a veces dan la impresión de haber sido escritas, no para ser representadas, sino para que la gente con gafas de pasta las lea mesándose la barbilla y poniendo cara de pensar. Yo en el colegio estudié a Shakespeare, Bertold Brecht y a Arthur Miller, y lo más cerca que estuve de ver estas obras representadas fue un vídeo de la dramatización de "Muerte de un viajante" con Dustin Hoffman* y John Malkovich. Y en otros colegios se estudiaba a Sófocles, Ibsen o Chéjov, por poner algunos ejemplos.

Y no es que esas obras sean precisamente poco representables. Algunas de las creaciones de Samuel Beckett hacen pensar que las escribía sólo para mondarse de risa mientras Los Críticos se partían el melón tratando de descifrarlas, todo para acabar definiéndolas como "ecos de esta sociedad postmoderna...", "irreal como la vida misma...", etcétera, etcétera, etcétera.

Así que hay teatro experimental, teatro que, podríamos llegar a decir, se escribió más para ser leído que para ser visto sobre un escenario. ¡Chachi! Pero, ¿guión para ser leído? ¡A dónde vas a parar!

Pero, ¿por qué no? Ocurre que el teatro, entendido como el hecho de poner palabras sobre papel para su posterior representación, es una forma literaria reconocida que tiene algunos milenios de antigüedad. El guión de cine, en comparación, aún va en pañales. El cine, ¡for crying out loud!, aún va en pañales. Así pues, estará clarísimo que tildar el guión cinematográfico de infraliteratura es prematuro y un error de juicio gordo.

Hay novelistas que se dejaron camelar por el contrachapado de oro de Hollywood y se lanzaron a escribir guiones. ¿Y quién se acuerda de los guiones de Scott Fitzgerald o Faulkner?, me dijeron. ¿Y qué?, digo yo. Es cierto que lo que la mayoría de gente recuerda más del paso de Scott Fitzgerald por el cine fue la cirrosis de caballo que pilló, pero el hecho que buenos novelistas no sean recordados por sus guiones no significa que la institución del guión tenga menos valor, significa, simplemente, que ésos novelistas no eran tan buenos guionistas como novelistas. Y punto. Charlie Kaufman no ha escrito una novela en su vida, pero será recordado, si es que hay justicia en este mundo, como un guionista extraordinario. Dave Eggers, que tiene premios literarios a espuertas, ha colaborado con Spike Jonze en el guión de "Donde viven los monstruos", y me da que será un guión B-U-E-N-O porque Dave Eggers es un señor con una visión. Dejadme que os hable de Dave Eggers otro día, porque lo de Dave Eggers es magia pura.

El buen guión se convierte en invisible en las manos de quien lo lee. Un buen guión debe ser capaz de que la película se forme en la mente del lector utilizando una serie de recursos muy básicos, pues la metáfora está prohibida ("Un hombre entra en la habitación. Sus ojos parecen aceitunas en un plato de leche." ¡Mal, MAL!). ¿Y conseguir eso, se considera infraliteratura?

Como contraejemplo, hay un ejemplo de guión que está aún más marginado, literariamente hablando, que el de cine. Y puede que con más razón. Se trata del guión de cómic. ¿Alguien ha visto alguna vez un guión de cómic publicado independientemente? I didn't think so. ¿Tendría sentido? Estoy tentada de decir que no. ¿Qué opina el respetable?


* He tenido que pararme a pensar antes de escribir su nombre. De pequeña, tenía un cacao mental que me hacía confundir a Dustin Hoffman, Al Pacino y Robert DeNiro.

miércoles, 22 de julio de 2009

Capítulo XXXV: Esto, Fernandito, es LA MAGIA DEL CINE*

* Pronunciar con voz trascendente y cavernosa.




Spike Jonze puede haber descubierto el gran filón de la cultura popular infantil de menos de veinte páginas. Próximamente, "Puff, el dragón mágico" y "The very hungry caterpillar", en los mejores cines.

viernes, 17 de julio de 2009

Capítulo XXXIV: Dejad que los niños se acerquen a mí, ¡pero no mucho!

Al leer cosas como ésta, uno acaba pensando que George Orwell no iba tan desencaminado, y en la pérfida Albión se le tiene manía a la gente en general.

Resumo la noticia: a los autores de literatura infantil y juvenil de Gran Bretaña se les retuercen las bragas porque tienen que pagar la tramitación de una comprobación de su entorno y expediente criminal para que el gobierno se asegure de que no son pedófilos depravados y les permita dar charlas en escuelas.

La misma tasa y tramitación tienen que pagarla profesores, personal de la escuela (desde recepcionistas a cocineros), líderes scout, pediatras, asistentes sociales, socorristas de piscina y, en general, cualquier persona que tenga un contacto frecuente y/o intenso con menores (la ley también se hace extensa a adultos en situación de dependencia o vulnerabilidad, y recibe el nombre de "Vetting and Barring Scheme"). No, no sé si los curas también lo pagan.

Eso está muy bien. Que se haga lo posible por proteger a los niños con medidas preventivas como ésta, en lugar de llorar y retorcerse las manos después. Gran Bretaña se enorgullece de tener uno de los dispositivos anti-pedofilia más avanzados del mundo. También son el país con más cámaras de vigilancia por habitante. Son esas cosas que, a priori, parecen muy buena idea, o parecen estar dirigidas a fines muy nobles y muy útiles, pero cuantas más vueltas se les da, más inquietantes parecen.

Los autores que aparecen en el artículo se manifiestan "insultados" ante esta medida "ridícula", y, consideran que afectará de forma negativa la relación entre los autores y los niños que les admiran. Es fácil de imaginar que, a partir de ahora, en las clases tendrán lugar los siguientes anuncios: "Atención, niños, mañana nos visitará el autor Fulanito de Cual, QUE NO ES UN PEDÓFILO. ¿Qué querréis preguntarle?".

Es importante, repito, proteger a los niños. Muy importante. Pero también es importante no darse a la histeria colectiva y entrar en posibles espirales de desquicio como la que ésta situación podría dar pie. ¿Los conductores de autobús, también tendrán que pasar este control? ¿Los propietarios de tiendas de golosinas? ¿La gente que vive al lado de una escuela?

También cabe anotar que la gran parte de abusos a menores tienen lugar en el interior del hogar. Los padres, las madres, las familias extensas, ¿también serán sometidas a controles?

viernes, 3 de julio de 2009

Donde el corazón se inclina, el pie camina

En estos días de calor achicharrante, en los que uno teme salir de casa, no vaya a quedarse frito sobre el pavimento, el pequeño Lord Fauntleroy y yo, sentados muy juntitos en un vagón de metro gloriosamente refrigerado, leemos.

Él redescubre a Mark Twain con "Huckleberry Finn". Yo me reencuentro con mi infancia gracias a un ejemplar muy manoseado de "La revoltosa del colegio", de Enid Blyton.


Filacterias:

del latín, antebellum: Literalmente, "antes de la guerra", aunque por cómo suena la palabra, yo nunca lo hubiera dicho. Se utiliza especialmente en inglés para referirse al sur de los Estados Unidos antes de la Guerra Civil. En el antebellum South, el tío Tom vivía feliz en su cabaña comprada por la hipocresía, las familias blancas tenían exquisitos modales y enormes campos de algodón, y, en un pequeño villorrio, Tom Sawyer tramaba ardides para no tener que encalar una verja.

viernes, 5 de junio de 2009

Capítulo XXXIII: El colchón de los muelles rotos

Tras pasar unos días de retiro en Cornualles en compañía del pequeño lord Fauntleroy, de beber té en cantidades industriales en tazas del tamaño de orinales, y de dar largos paseos por la campiña inglesa esquivando graciosamente boñigas de vaca, "La ejecución del autor ha sido cancelada" regresa con un tema chinchante de rabiosísima actualidad.

Bueno, no. De rabiosísima actualidad, me temo que no es, porque parece que nadie habla de ello. Lo cual me hace pensar, o bien que en este blog somos unos pioneros visionarios sobre la literatura y algún día se hablará de nosotros en los libros de texto, o bien que éste es un tema que ya se ha tratado hasta la saciedad y se ha llegado a conclusiones supersecretas y supersesudas de las que no tenemos noticia, o bien que, simplemente, es una obviedad y a nadie le importa una boñiga de vaca como las susodichas.

El caso es que hace ya un tiempo que he llegado a la conclusión que, en cuestión de géneros, en literatura hay dos: uno es la LITERATURA, y el otro es todo lo demás.

Por si mi agudísima utilización de los recursos paralingüísticos no lo ha dejado claro, la LITERATURA es gorda e importante, y todo lo demás, no.

La LITERATURA es la que gana los premios Nobel. La que se estudia en los colegios. Y en las universidades. La que la gente cree que debería leer, pero no se atreve. La de los libros tochos. La que escriben señores con barba que aparecen en estilizadísimas fotos en blanco y negro en las solapas de las lujosas ediciones en cartoné de su última novela. La que se discute en los círculos sesudos.

Todo lo demás es lo que lee la gente.

No me malinterpretéis. No pretendo decir que ser laureado y estudiado y aclamado universalmente por la crítica sea malo. Me encanta Kenzaburo Oe, y "El señor de las moscas", y Heinrich Böll, y ya sabéis lo que pienso de TS Eliot. Y todos estos señores, y todos los autores que han recibido grandes galardones los merecieron, y en su mayor medida fueron otorgados justamente (y digo en su mayor medida, porque si tenemos en cuenta la estadística, y la tendencia a la mafiosidad del gremio, mejor lo dejamos en suspense).

Pero no son los únicos, ¿me explico?

A veces pienso que, para que una obra de literatura se convierta en LITERATURA, es estrictamente necesario que hable del año que Agnete perdió la virginidad bajo los almendros en flor, mientras el tío Darius miraba por la ventana de la cocina... Para explicar que el ser humano es un nada en la inmensidad del universo, y que la vida son cuatro días...

Y lo genial es que hay obras que logran que eso sea interesante. Que signifique algo. Que un lector pueda verse reflejado, desnudado, cautivado en circunstancias que, aparentemente son, para parafrasear a un héroe de la literatura ninguneado por la crítica, un rollo repollo.

Lo no tan genial es cuando se asume que sólo puede crearse LITERATURA a partir de estas premisas, y aparezca toda una corriente aspiracional de autores que tienen almendros en flor hasta la saciedad pero no tienen la menor idea de hacer con ellos, lo cual no les impide intentarlo. Una y otra vez. Llenando las estanterías de obras que gritan "¡Miradme! ¡Miradme! ¡Soy trascendental!" pero se desinflan como la col que uno compra con muy buenos propósitos todas las semanas pero acaba languideciendo en el fondo de la nevera a la que uno llega al segundo párrafo.

El problema es que este tipo de literatura parece haberse convertido en la única carretera para la eternidad. El problema es que la LITERATURA nunca ha acogido a una obra, por ejemplo, de ciencia ficción, en su seno. O de fantasía. O de misterio.

El problema es que, en literatura, los géneros convencionales, que tan fácilmente se asumen en otras disciplinas, son un estigma. Si una obra es de género, entonces ya no puede ser BUENA.

Entre las películas ganadoras del oscar a mejor ídem de los últimos veinte años hay películas históricas, comedias, épicas fantásticas y dramones de rompe y rasga. Los ganadores y finalistas del premio Pulitzer de los últimos años tienen mucho que ver con todo lo discutido arriba acerca de la LITERATURA.

De nuevo, no deleznamos el valor intrínseco de esas novelas. No es de eso de lo que va este post.

Pero si yo fuera la señora Nobel, le daría un premio a Terry Pratchett. Y si habéis leído a Terry Pratchett, estaréis de acuerdo conmigo. Y si no lo estáis, pues os aguantáis un poco, que aquí la hipotética señora Nobel soy yo.

También le hubiera dado, en su momento, un premio Nobel, o lo que concurriera, a Ana Frank. Si entendemos la literatura, no sólo como un resultado, sino como un proceso, lo de Ana Frank fue una tarea espectacular.

Lo que quiero decir con esto es que no tengo muy claro lo que quiero decir. No niego la LITERATURA, pero me gustaría que se tratara con un poco más de cariño a todo lo demás.

¿Qué piensa el respetable?