martes, 25 de noviembre de 2008

A buen entendedor, pocas palabras bastan

Hace unos días llegó a mis oídos la iniciativa lingüística más noble, archifantástica y maravillosa de la que he oído hablar en mucho tiempo.

Se trata de añadir al Diccionario de la Real Academia Española la palabra "kincón". Como el agudo ojo del lector deducirá, el vocablo procede del nombre propio "King Kong", propio del gorila del mismo nombre, se entiende, que secuestraba a señoritas ligeras de ropa desde Fay Wray hasta Naomi Watts porque el Ammor nos lleva a hacer cosas desesperadas, como subirse al Chrysler Building y espantar cazas.

Si esto no es Ammor, que baje Petrarca y lo vea!

"Kincón", según sus promotores, significa "prendado de un amor imposible". ¿Cuándo fue la última vez que una palabra de nuestra lengua capturó tanto significado en tan pocas letras y con tanta poesía cinematográfica?

Desde "La ejecución del autor ha sido cancelada", insistimos en la importancia y necesidad de sumarse a esta causa. Apostemos hordas de partidarios del kincón en la puerta de Ana María Matute. Infiltremos agentes en las sesiones plenarias de la RAE (¿existe tal cosa?), con pancartas y megáfonos. Tuneemos todas las ediciones del DRAE que encontremos, añadiendo la palabra "kincón" con tinta indeleble y buena letra.

Unidos, todos podremos decir, pronto, "Estoy kincón".

¡Colabora con la causa!

sábado, 25 de octubre de 2008

Capítulo XXII: Me confieso épatada

Cómo se notan las rémoras del verano. Éste es el problema de éste país. Dos meses paralizados, ¿y luego se espera que volvamos viento en popa y a toda vela a la productividad de antaño? Total, que no hay ningún motivo por el que no haya actualizado en tantas semanas, más que la pura pachorra. Podría ser un poco más narrativa, y decir que me rompí las dos manos, o que me quedé temporalmente ciega, o amnésica, o que el FBI me prohibió el acceso a internet. Pero no. El verano me dejó demasiado vaga para semejantes fabulaciones.

Iba a volver por la puerta grande, prostituyéndome con otra entrada sobre Stephenie Meyer, porque las entradas que he escrito sobre "Crepúsculo" y mi subsecuentes embolias y úlceras estomacales son las que me han valido más comentarios. Y prometo que habrá tal entrada, sobre todo, teniendo en cuenta que el cinco de diciembre se estrena la película en España OMG y todavía no tengo a nadie que me acompañe. ¿Quién se apunta?, yo pongo las palomitas. Pero hoy he recibido una inoculación contra la mediocridad, y os voy a hablar del doctor que me la ha administrado.

Edmond Baudoin es un señor con cara de caricatura. Los dientes salidos, los ojillos ratoneros. Es pequeñín y flacucho, lleva un peinado horroroso y diría que la última vez que se fijó en la ropa que llevaba puesta, Marlon Brando aún estaba flaco.

Edmond Baudoin es también uno de los autores de cómic francófonos más conocidos y respetados hoy en día. Ha venido a Barcelona dentro del marco del festival Kosmopolis, que este año lleva el lema de "La juerga fiesta de la literatura", como si de repente todos fuéramos a ligar más por llevar un cubata en una mano y "La metamorfosis" de Kafka en la otra (lo digo porque como es cortito, pesa poco y es más fácil de llevar. Si soys muy de ir al gimnasio, igual os atrevéis con todos los tomos de "En busca del tiempo perdido", allá vosotros). El tema de su conferencia era "Cómic, música y literatura". Moderaba Pepe Gálvez, y por allí también estaba Juanjo Sarto, a quien me encuentro por todas partes y creo que, de tanto verme sin saber quién soy, le debo parecer una especie de niña fantasma de los cómics la mar de inquietante.

Total, que Baudoin es un señor un poco payaso. Se lo ha pasado pipa haciendo caras y moviendo las manos y siendo una especie de Marcel Marceau cruzado con Roberto Benigni, aunque hablando, y en francés. Él no ha venido a hablar de su libro, lo ha dicho al principio, y, de hecho, a "Piero" le ha dedicado no más que cinco o diez minutos, y lo mismo con "Le voyage" (aunque se ha marcado un par de bromas a propósito de los japoneses, que son quienes le encargaron el libro. Qué mala leche tienen estos franceses, hay que ver).

Lo que venía a decirnos es que el dibujo, cualquier proceso creativo por extensión, es una cuestión de Presencia, Tensión y Oposición. La oposición es uno de los motivos por los que prefiere el blanco y el negro en sus dibujos. No por cuestión de tópicos y el yin y el yang y qué sé yo, sino por motivos de pura física. El blanco refleja toda la luz, y el negro la absorbe. ¿Cómo se te queda el cuerpo, Fernandito?

¿Dónde entra la música en todo esto? El señor Baudoin explica que la línea, el trazo, tiene un ritmo, un sonido. Ha procedido a dibujar (con tinta china y pinceles de diversos grosores, más auténtico no se puede) una cara en el atril que tenía montado. Y ENTONCES NOS HA CANTADO EL DIBUJO.

Digamos... digamos que era éste dibujo:

Lo que ha pasado más o menos ha sido lo siguiente. El señor Baudoin ha cogido aire y ha dicho: "Brooooom, ¡fiu! ¡fiu!, plin, plin, plin, plin, plin, plin. ¡Splosh! Zuuuut", y así hasta cantar todo el dibujo que, para suerte suya, era bastante más sencillo que el que os he puesto yo. Era como para empezar a sacarle planchas de Milton Caniff o Hugo Pratt para que las cantara también. La línea modulada nunca me había parecido tan llena de posibilidades.

Luego ha dibujado otra cara, pero no le ha puesto pelo. Y entonces ha dicho: "Ahora le pondré pelo". Os juro que si llega a decir "Ahora empezará a llover dentro de esta habitación", yo le hubiera creído. Ha cogido un pincel mucho más gordo que el que había utilizado para dibujar la cara, y ha dicho: "Esto no es pelo, ¡es música!", y le ha puesto pelo a la cara. De verdad, ¿cómo se te queda el cuerpo, Fernandito? Y también ha dicho: "Esto es oposición. Y la vida sale de la oposición". Y: "La presencia significa cambiar de música."

Y luego también ha dicho que el primer plano es el lugar de las emociones (que es una cosa que a mí me enseñaron en la universidad), y que hoy en día, la televisión, internet y los teléfonos móviles son terreno de la emoción, y John Ford estaría bastante furiosito si viviera hoy en día.

Y luego también ha dicho que mirar al horizonte viene a ser como mirarse la nuca a uno mismo, por aquello de que la Tierra es redonda. ¿Aún estás ahí, Fernandito?

Total, que mañana va a hacer una performance con Carol Vanni. Y, por Tutatis, que allí estaré. Necesito otra dosis de magia.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Capítulo XXI: Señora, ¿su detergente lava blanco?



Permítanme, señoras y señores, que alegre su rentrée con un poco de publicidad. No será nada, sólo unos instantes de alegres promociones que les distraerán agradablemente de los fascículos "Construye tus propios submarinos de las Guerras Boer" y la colección de muñecas Peponas de polivinilo.

Se trata, como viene siendo la tónica en este remanso sopero de letras, de algo para leer. Algo distraído y ameno para rellenar la pausa del café, o para airear la mente después de cuadrar el balance de cuentas. Sí, queridos lectores, que no se enteren sus jefes, pero desde "La ejecución del autor ha sido cancelada" les invitamos a utilizar el ordenador en su puesto laboral para menesteres no relacionados con el trabajo. "La ejecución del autor ha sido cancelada" tiene la culpa de la crisis económica. "La ejecución del autor ha sido cancelada" es un blog sedicioso y maledicente. Que se enteren los rotativos y los programas de mañana de las televisiones privadas. Que vengan las unidades móviles y los helicópteros. Que vengan Iñaki Gabilondo y Matías Prats. Que venga Belén Esteban.

Vayamos al grano. Hoy llamo a su puerta para venderles "Los Brocados del alma" (TM), un delicioso y encantador folletín de la pluma de una servidora de ustedes que ha encandilado al mundo y tiene un dedicado club de fans de aproximadamente seis lectores. Sin embargo, en este caso, qué importa la cantidad cuando estos amorosos lectores hacen fanarts de mi obra, la disfrutan como si fuera suya y encima vienen a contármelo. Eso, señores, es bastante maravilloso.

"Los Brocados del Alma" (TM) nació como una forma de rellenar una sección regular en una revista digital sin que costara mucho esfuerzo y que pudiera hacerse rápidamente. Probablemente no sea la mejor forma de empezar una gran obra de la literatura mundial, pero oigan, a mí qué me cuentan, yo sólo quería escribir un rato. Pensé que el folletín era el género ideal, porque me permitiría ser frivolona y utilizar un lenguaje rimbombante con toda soltura. En el primer capítulo aparecen un porrón de sinónimos de la palabra "noble", la mayoría proporcionados por el siempre diligente Sr. D. de Sinónimos de Word, y me quedé tan ancha, mire usted.

Así apareció en escena la condesa Olivia vom Metzger, su marido, su doncella y su hija secreta, amén de otros muchos personajes a los que mi nutrida base de lectores han aprendido a amar y odiar. Esencialmente, es una historia cursi, contada de una forma cursi. Pero para gustos, colores, y sé de buena tinta que hay gente que la disfruta. Y si no les gusta, se aguantan, hombre, que es gratis, y de todo se aprende.

Con mi mejor sonrisa de teletienda, les anuncio además que ahora es un momento inmejorable para engancharse a "Los Brocados del alma" (TM). Ya hay once capítulos publicados, con lo cual tiene uno diversión para rato. El capítulo duodécimo aparecerá en breve. Y se aproxima una espectacular concatenación de acontecimientos con episodios tan apasionantes como una caída por un precipicio, una boda desmadrada, y un marinero pelirrojo. Ahí es nada.

Les enlazo directamente al Capítulo I, por si resulta que tienen un rato tonto. Gracias por su atención, y no dejen de regalarnos con su presencia.



lunes, 8 de septiembre de 2008

Capítulo XX: Horario de verano

La crisis se deja notar en todas partes, menos en mi biblioteca. Han de saber, queridos lectores, que soy incapaz de decirle que no a un libro.

Un bolso puede esperar. Me lo pensaré dos veces con el Par de Zapatos Más Maravilloso del Universo. Ese vestido tan mono ya lo compraré otro día.

Pero, ¿un libro? Los libros me hablan, damas y caballeros. Los libros me miran con ojitos llorosos y susurran con adorables vocecitas de pito "¿Por qué no me llevas a casa contigo? ¿Es que no me quieres?". ¿Y qué va a hacer un alma cándida como una servidora ante estas criaturas desoladas? ¡Me quieren! ¡Quieren que me los lleve a casa! ¡Dónde está mi monedero!

En exclusiva mundial, señoras y señores, Enigmática M vuelve a la carga confesando la vergonzante lista de cantos de sirena que me han hecho flaquear este verano ("verano", se darán cuenta, es la palabra operativa de esta lista):

~"Freakonomics" (Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner). Comprado en una librería de South Kensington, para poder hacerme la interesante en una cafetería. Es un libro entretenido, pero pensaba que aprendería más.

~"The man who mistook his wife for a hat" (Oliver Sacks). Comprada en un Waterstones cerca de la National Gallery. Cuenta como lectura universitaria, aunque ya haya terminado la carrera, y sólo se mencionara de pasada en un par de asignaturas, ¡já!

~"The suitcase kid & The Lottie Project" (Jacqueline Wilson). Ídem. ¿Hay algo mejor que un libro de Jacqueline Wilson? ¡Sí! ¡DOS libros de Jacqueline Wilson en uno!

~"Girls in tears" (Jacqueline Wilson). Comprado en un Waterstones cerca de Green Forest. Porque nunca puedo negarme a Jacqueline Wilson. Y ya me había leído los otros dos.

~"The last hero" (Terry Pratchett). Comprado en el aeropuerto de Heathrow. Porque nunca se pueden tener suficientes libros de Terry Pratchett, oh, sí.

~"Kiss" (Jacqueline Wilson). Ídem. Porque los libros de Jacqueline Wilson son para mí lo que Bella adoraklutz Swan es a Edward sparklepire Cullen. Para los no iniciados: como la heroína.

~"Breaking Dawn" (Stephenie Meyer). Comprado en la Fnac l'Illa. Sí, CLARO que tenía que comprarlo.

~"A cien millas de Manhattan" (Guillermo Fesser). Ídem. Me gusta Fesser, me gusta Manhattan, me gusta el número cien... ¿para qué decir más?

~"Botchan" (Natsume Sôseki). Íbidem. Leí recomendaciones de este libro por todas partes, y está bien, pero... pensaba que me gustaría más. Lo bueno es que es cortito.

~"The fifth Elephant" (Terry Pratchett). Comprado en el Hugendubel de Ulm (Alemania). A "The last hero" me remito.

~"Die Stadt der Träumenden Bücher" (Walter Moers). Ídem. Ya lo había leído, pero estaba en edición bolsillo, y fue muy convincente al lloriquear para que me lo llevara.

~"Love Lessons" (Jacqueline Wilson). Comprado en "The Lion Bookshop", en Roma. ¡Estaba a punto de acabar los dos libros que había traído conmigo! ¡Era absolutamente imprescindible comprarlo!

~"Nightwatch" (Terry Pratchett). Ídem. ¡La portada está basada en "La Ronda Nocturna" de Rembrandt! ¡Seguro que es un libro muy educativo!

~"Cahiers de Cinéma", edición Francesa julio/agosto. Comprada en un quiosco en el Campo di Fiori de Roma. Cuenta como libro porque me costó 6,80€, y sale Louis Garrel en la portada.


Y uno siempre, SIEMPRE aprovecha la
oportunidad de poner fotos de Louis Garrel.


¿Ya tiene todo el mundo la mochila nueva, y el estuche nuevo, y los cuadernos nuevos? ¿Sí? ¿Y os habéis forrado la carpeta con fotos de la Súper Pop? Muy bien, niños, sentaos en vuestros pupitres, llenos de garabatos que hicieron los vándalos que estaban en esta clase el año pasado y preparaos para el comienzo de un nuevo curso. Vamos a pasarlo bien.

domingo, 10 de agosto de 2008

Capítulo XIX: Cuando los mitos se vienen abajo

Como la mayoría de niños españoles, yo también sufrí el síndrome “mis-padres-no-tienen-vacaciones-hasta-el-quince-de-agosto” y, una vez acabadas las colonias y los casals d’estiu de julio, me aparcaban como buenamente podían en casa de mis abuelos, o de alguna tía que tenía vacaciones del quince de julio al quince de septiembre.

Este hecho le provocaba a mi madre, creo, enormes remordimientos de conciencia, y compraba mi aquiescencia trayéndome libros nuevos cuando venía a verme los fines de semana. La cual cosa era todo un acontecimiento. Durante mi infancia, llegamos a un punto en que mis padres se negaban a comprarme libros como los otros padres negaban juegos de la Nintendo 64 a sus hijos. Enough is enough, decían[1].

Así fue como leí títulos de tanto copete y renombre internacional como “Dios vuelve en una Harley” (Joan Brady; básicamente, es la historia de Bridget Jones metida en un libro de autoayuda y convirtiendo a Dios en un ángel de la guarda sepsi) o “El hombre que susurraba a los caballos” (Nicholas Evans; básicamente, es un libro que se toma muy en serio a sí mismo; me gustaría ver la cara del autor si supiera que, un par de años más tarde, ese libro empezaría a circular por mi colegio, y no por su calidad literaria precisamente, sino por las muy explícitas escenas sexuales, que revolucionaron a todo un curso de treceañeras).

Yo hacía con esos libros lo que hacía con la gran parte de los que caían en mis manos: los amaba deprisa y los abandonaba, bien en la pila de posibles relecturas (ahí caían la mayoría; después de todo, no soy una lectora desaprensiva), o los dejaba en la estantería de mis padres si estaba segura de que nuestra relación había terminado para siempre.

Y entonces, mi madre llegó con un tomo de color sepia con unas vistosas letras doradas y con relieve en el título. “Los anillos de Afrodita”, se titulaba. De una tal Amanda Quick. Sin fijarme mucho, lo abrí. Yo no lo sabía, pero estaba a punto de enfrentarme a

¡MI PRIMERA NOVELA ROMÁNTICA!

Para quienes no anden muy versados en este género, hay una distinción básica en este tipo de géneros. Esa distinción es la candidez (or lack thereof) de las relaciones sexuales. Barbara Cartland y Corín Tellado apenas si llegaban más allá de un beso. Pero más allá de ellas, se abrió la veda para un número ingente de autoras que se lanzaron con alegría al abismo de los corsés aflojados, las faldas hechas jirones, calentones en el bosque y un uso del todo abusivo de la palabra “deseo”.

“Los anillos de Afrodita” pertenecía, evidentemente, a esta segunda categoría.

Se habrán dado cuenta ya, sagaces lectores, de que mi madre no se molestaba en leer los libros que me compraba.

A grandes rasgos, la historia versa sobre las aventuras de una escritora de novela gótica llamada Beatrice Poole (que escribe bajo pseudónimo porque se ve que, en la Inglaterra victoriana estaba muy mal visto que las mujeres escribieran historias de miedo y sería un drama tremendo si se descubriera su nombre real) que acude al conde Leonard Monkrest, convenientemente muy atractivo y experto en leyendas, porque se ve que un tío suyo pudo o no poseer unos misteriosos anillos que abren una estatua valiosísima de la diosa Afrodita, pero no puede preguntárselo al tío porque éste murió. En un prostíbulo. Os juro que se oyen las risitas de la autora en momentos como éste.

Total, que pasan muchas aventuras y sufren varios intentos de asesinato y una prostituta les ayuda (ji, ji, ji, ji), y tras muchas páginas de “Le deseo, ¿me desea?” lo acaban haciendo en el cuarto de la prostituta (jua, jua, jua, jua) y cuando acaban, el cuarto “huele a pasión consumida”. Al final encuentran la estatua, que contiene una moraleja muy edificante, y Beatrice Poole y Leo Monkrest tienen relaciones sexuales en unas cuántas ocasiones más, y la dueña del prostíbulo (llamado, por cierto, “La casa de los placeres disciplinarios”, giggle-de-dee) resulta ser quien andaba detrás de todo, pero resulta no ser tan mala. Pero se muere. Y los protagonistas se casan. Y tienen un beibi. Y ya no se habla más de sexo. Y se acaba la novela.

Durante muchos años, releía este libro con alegría, convencida de que, para ser una novela romántica, “no estaba tan mal”. Me gusta el género romántico, es sexo seguro 100% y con el añadido sentimental, ideal para los días “nadie me va a querer en la vida”, y regresaba a “Los anillos de Afrodita” una y otra vez como quien va a ver a un viejo amigo. Con derecho a roce, supongo. Además, tenía hecho incluso el cásting para la película. Después de asumir que soy demasiado fea para interpretar a Beatrice Poole, tuve que poner a actores de verdad. Le sigh.

La historia tiene un final triste. Hará cosa de un año, volví a leer “Los anillos de Afrodita”, después de mucho, mucho tiempo de abandono.

La magia había desaparecido.

Será eso a lo que llaman “hacerse mayor”.

Pues qué asco.

P.D.: Ardo en deseos de hacerme con un ejemplar de “Breaking Dawn”, la cuarta y última entrega de la saga de Stephenie Meyer con sus vampiros diamantinos y su Mary-Suesca protagonista. Lo poco que he leído en blogs de aquí y allí me hace cacarear de alegría. Me froto las manos de anticipación. Si en los próximos días, oís risotadas maníacas y frenéticos pasar de páginas, no temáis. No es la bibliotecaria psicópata que viene a buscaros. Sólo seré yo subrayando pasajes de “hawt vampire seks”. ¡Jiá, jiá, jiá!



[1] Bueno, no decían exactamente eso, porque mis padres, mucho inglés, no saben. Pero algo a tal efecto.

martes, 29 de julio de 2008

Capítulo XVIII: Are you listening, Mr. Bloom?

Ver "The Dark Knight" este fin de semana me ha hecho dar cuenta de dos cosas:

1 - Que Heath Ledger se haya muerto es una putada gorda.

2 - Todo Hollywood ha leído a Lemony Snicket.

Sobre el punto dos, devuelvan ustedes sus enarcadas cejas a su posición habitual, porque tengo razón. Lo supe cuando vi Kill Bill, y lo supe el sábado por la noche.

¿Kill Bill? Sí, damas y caballeros. Quentin Tarantino ha leído, por lo menos, el segundo volúmen de "Una serie de catastróficas desdichas", "The Reptile Room". Veámoslo:

* El grupo de asesinos a los que perteneció Uma Thurman se llama Deadly Viper Assassination Squad (DiVAS). En el susodicho libro, aparece una serpiente llamada the Incredibly Deadly Viper. ¿Casualidad? Yo creo que no.

* Hablando de serpientes. Las asesinas de Tarantino tienen todas nombres en clave de serpientes. Uma Thurman es "the Black Mamba" (y en "The Reptile Room", señores, se nos presenta una serpiente llamada "Mamba du Mal"), y un largo etcétera. ¿Hola? ¿Suenan campanas de alarma en otras cabezas además de la mía?

Éstas son sólo algunas de las muestras más evidentes. Por otro lado, aunque algo más difícil de señalar, el tono de opereta de hibridación posmoderna que es "Kill Bill" bebe del potaje de folletín que es "A Series of Unfortunate Events". Seriously. O las dos obras surgen del panorama contemporáneo. Claro, eso es más fácil decirlo, porque a la literatura infantil nadie la toma en serio. Msí. Vale.

Pero volvamos a "The Dark Knight". Me parece bastante obvio que Heath Ledger (q. e. p. d.) se fijó, y mucho, en el Conde Olaf para construir a su Joker (también es evidente que se fijó en el Jack Sparrow de Johnny Depp, pero eso es otra historia). El Conde Olaf, para quien no lo sepa, es el malvado villano de "Una serie de Catastróficas Desdichas", que es lo mismo que "A Series of Unfortunate Events", pero en castellano. Para que quede claro.

¿Te hago un truco?

Ambos personajes son trombas de maldad, con medios delirantes e improvisados para hacerse con objetivos concretos a largo plazo (uno quiere caotizar el mundo; el otro, hacerse con una inmensa fortuna), que nunca tratan de excusar su comportamiento ni sufren evolución alguna en su arco dramático. ¿De verdad? No, no del todo. En el decimotercer y último libro de la saga, el Conde Olaf adquiere relieve, pero claro, si el Joker apareciera en trece películas seguidas, ya veríamos lo pronto que se le acababa el cuento este de ser un personaje plano. Luego hay aquella pequeña alusión a unos dardos envenenados en uno de los libros anteriores, pero no me entretendré mucho con eso, porque si no, no me cuela la reflexión. Así que, ¡tengo una estupenda idea! ¡Cambiemos de tema!

¿No es Brett Helquist abracadabrante?

Lo único que se interpone en la aceptación universal de esta teoría es que cada personaje, mejor dicho, cada autor, aborda la maldad y la falta de evolución desde un punto de vista distinto. El Conde Olaf (que se toma muy en serio a sí mismo, aunque sus lectores sean incapaces de hacerlo) parte de la caricatura y el esperpento para construir un histrión, mientras que el Joker (que a pesar de vivir como si él mismo fuera una broma, consigue que todo el mundo enmudezca cuando abre la boca), a partir del histrión absoluto, el payaso, elabora un cuadro trágico.

Así que resulta que, en el fondo, todo depende de la perspectiva. Qué fuerte, ¿no?

viernes, 18 de julio de 2008

Ya que estamos en el baile, bailemos

Hoy tengo ganas de decir cosas sobre el cine. Dos, para ser exactas:

1 - Ahora mismo, nada me haría más ilusión que una adaptación cinematográfica de "Una lectora nada común" (Alan Bennett). ¿Alguien tiene el teléfono de Helen Mirren?


2 - No entiendo qué pintan Hilary "dos-veces-oscarizada" Swank y Gerard "THIS IS SPARTAAAA!!" Butler en "Postdata: Te quiero". ¿Se tratará de un brillante ejercicio de autoparodia? ¿El horrible acento irlandés del personaje de Gerard Butler, es un recurso humorístico? ¿El tráiler es engañoso y se trata, en realidad, de una comedia?


Filacterias:

del alemán, "Schadenfreude": La mayoría de diccionarios lo traducen por "alegría maliciosa". Significa, literalmente, "alegría de males", es decir, ponerse contento ante las desgracias ajenas. Lo contrario de "Weltschmerz", vamos.

¡Vivan las lenguas aglutinantes!