domingo, 10 de agosto de 2008

Capítulo XIX: Cuando los mitos se vienen abajo

Como la mayoría de niños españoles, yo también sufrí el síndrome “mis-padres-no-tienen-vacaciones-hasta-el-quince-de-agosto” y, una vez acabadas las colonias y los casals d’estiu de julio, me aparcaban como buenamente podían en casa de mis abuelos, o de alguna tía que tenía vacaciones del quince de julio al quince de septiembre.

Este hecho le provocaba a mi madre, creo, enormes remordimientos de conciencia, y compraba mi aquiescencia trayéndome libros nuevos cuando venía a verme los fines de semana. La cual cosa era todo un acontecimiento. Durante mi infancia, llegamos a un punto en que mis padres se negaban a comprarme libros como los otros padres negaban juegos de la Nintendo 64 a sus hijos. Enough is enough, decían[1].

Así fue como leí títulos de tanto copete y renombre internacional como “Dios vuelve en una Harley” (Joan Brady; básicamente, es la historia de Bridget Jones metida en un libro de autoayuda y convirtiendo a Dios en un ángel de la guarda sepsi) o “El hombre que susurraba a los caballos” (Nicholas Evans; básicamente, es un libro que se toma muy en serio a sí mismo; me gustaría ver la cara del autor si supiera que, un par de años más tarde, ese libro empezaría a circular por mi colegio, y no por su calidad literaria precisamente, sino por las muy explícitas escenas sexuales, que revolucionaron a todo un curso de treceañeras).

Yo hacía con esos libros lo que hacía con la gran parte de los que caían en mis manos: los amaba deprisa y los abandonaba, bien en la pila de posibles relecturas (ahí caían la mayoría; después de todo, no soy una lectora desaprensiva), o los dejaba en la estantería de mis padres si estaba segura de que nuestra relación había terminado para siempre.

Y entonces, mi madre llegó con un tomo de color sepia con unas vistosas letras doradas y con relieve en el título. “Los anillos de Afrodita”, se titulaba. De una tal Amanda Quick. Sin fijarme mucho, lo abrí. Yo no lo sabía, pero estaba a punto de enfrentarme a

¡MI PRIMERA NOVELA ROMÁNTICA!

Para quienes no anden muy versados en este género, hay una distinción básica en este tipo de géneros. Esa distinción es la candidez (or lack thereof) de las relaciones sexuales. Barbara Cartland y Corín Tellado apenas si llegaban más allá de un beso. Pero más allá de ellas, se abrió la veda para un número ingente de autoras que se lanzaron con alegría al abismo de los corsés aflojados, las faldas hechas jirones, calentones en el bosque y un uso del todo abusivo de la palabra “deseo”.

“Los anillos de Afrodita” pertenecía, evidentemente, a esta segunda categoría.

Se habrán dado cuenta ya, sagaces lectores, de que mi madre no se molestaba en leer los libros que me compraba.

A grandes rasgos, la historia versa sobre las aventuras de una escritora de novela gótica llamada Beatrice Poole (que escribe bajo pseudónimo porque se ve que, en la Inglaterra victoriana estaba muy mal visto que las mujeres escribieran historias de miedo y sería un drama tremendo si se descubriera su nombre real) que acude al conde Leonard Monkrest, convenientemente muy atractivo y experto en leyendas, porque se ve que un tío suyo pudo o no poseer unos misteriosos anillos que abren una estatua valiosísima de la diosa Afrodita, pero no puede preguntárselo al tío porque éste murió. En un prostíbulo. Os juro que se oyen las risitas de la autora en momentos como éste.

Total, que pasan muchas aventuras y sufren varios intentos de asesinato y una prostituta les ayuda (ji, ji, ji, ji), y tras muchas páginas de “Le deseo, ¿me desea?” lo acaban haciendo en el cuarto de la prostituta (jua, jua, jua, jua) y cuando acaban, el cuarto “huele a pasión consumida”. Al final encuentran la estatua, que contiene una moraleja muy edificante, y Beatrice Poole y Leo Monkrest tienen relaciones sexuales en unas cuántas ocasiones más, y la dueña del prostíbulo (llamado, por cierto, “La casa de los placeres disciplinarios”, giggle-de-dee) resulta ser quien andaba detrás de todo, pero resulta no ser tan mala. Pero se muere. Y los protagonistas se casan. Y tienen un beibi. Y ya no se habla más de sexo. Y se acaba la novela.

Durante muchos años, releía este libro con alegría, convencida de que, para ser una novela romántica, “no estaba tan mal”. Me gusta el género romántico, es sexo seguro 100% y con el añadido sentimental, ideal para los días “nadie me va a querer en la vida”, y regresaba a “Los anillos de Afrodita” una y otra vez como quien va a ver a un viejo amigo. Con derecho a roce, supongo. Además, tenía hecho incluso el cásting para la película. Después de asumir que soy demasiado fea para interpretar a Beatrice Poole, tuve que poner a actores de verdad. Le sigh.

La historia tiene un final triste. Hará cosa de un año, volví a leer “Los anillos de Afrodita”, después de mucho, mucho tiempo de abandono.

La magia había desaparecido.

Será eso a lo que llaman “hacerse mayor”.

Pues qué asco.

P.D.: Ardo en deseos de hacerme con un ejemplar de “Breaking Dawn”, la cuarta y última entrega de la saga de Stephenie Meyer con sus vampiros diamantinos y su Mary-Suesca protagonista. Lo poco que he leído en blogs de aquí y allí me hace cacarear de alegría. Me froto las manos de anticipación. Si en los próximos días, oís risotadas maníacas y frenéticos pasar de páginas, no temáis. No es la bibliotecaria psicópata que viene a buscaros. Sólo seré yo subrayando pasajes de “hawt vampire seks”. ¡Jiá, jiá, jiá!



[1] Bueno, no decían exactamente eso, porque mis padres, mucho inglés, no saben. Pero algo a tal efecto.

2 comentarios:

Dani dijo...

Queremos más posts!

Por cierto, ya llegó el "How to dress for every occasion by The Pope" de Daniel Handler y es de lo más simpático. Está escrito como si fuera una especie de artículo de la SuperPop, pero en nombre del pontífice.

M dijo...

Me congratula y me rechicuela enormemente que mis hordas de fans estén esperando mi regreso con ansia. Ahora mismo me encuentro incapacitada para actualizar, debido a un extraño síndrome llamado OHDIOSMITRAB AJODEFINALDECA RRERATIENEQUESTARLIS TOPARAYER!!

Pero dentro de diez días consideraré acabado mi período vacacional, y las actualizaciones volverán a su curso.
With a vengeance.

Ah, Daniel Handler... si tuviera el magnetismo animal de Sir Michael Caine, ya me habría casado con él.