lunes 16 de noviembre de 2009

Nunca es tarde para bien hacer; haz hoy lo que no hiciste ayer

Anoche me acosté, un domingo más, preguntándome quién demonios elije las canciones que aparecen en "Pekín Express", ése programa que no puedo dejar de ver.

Porque me ha robado la biblioteca musical.


Filacterias

Del DRAE, moderno, na.

(Del lat. modernus, de hace poco, reciente).

1. adj. Perteneciente o relativo al tiempo de quien habla o a una época reciente.

2. adj. Que en cualquier tiempo se ha considerado contrapuesto a lo clásico.

3. adj. p. us. Dicho de una persona: Que lleva poco tiempo ejerciendo un empleo.

4. m. En los colegios y otras comunidades, hombre que es nuevo, o no de los más antiguos.

5. m. pl. Las personas que viven en la actualidad o han vivido hace poco tiempo.

a la ~, o a lo ~.

1. locs. advs. Según costumbre o uso moderno.



De la Frikipedia, modernillo

domingo 8 de noviembre de 2009

Capítulo XLII: Hagas lo que hagas, ponte bragas. O mejor no.

Hace tiempo que me ronda este post por la cabeza, y si este blog tuviera miles y miles de lectores, me estaría frotando las manos, pues temas como éste probablemente generarían comentarios en los que se me invitaría a ir a comerme no se qué bollos o se me sugeriría que a mí, lo que me hace falta es un buen órgano reproductor masculino.

El caso es que leí recientemente "The beauty myth", de Naomi Wolf. Ésta Naomi, como la Klein, va de agitadora progre por la vida, y se le da la mar de bien. "The beauty myth" plantea cómo las imágenes de belleza femenina, esa belleza de piernas que empiezan en las axilas, bronceado perenne, melenas al viento y glándulas mamarias del tamaño de Luxemburgo se utilizan como armas políticas para mantener a las mujeres en una cárcel virtual que les impida ocuparse de menesteres más provechosos. Como dominar el mundo y convertir a los hombres en esclavos.

La belleza física, entonces, o, permitid que me corrija, una belleza física muy concreta, se convierte en una pantalla de humo. Porque una señora que sale de su casa con las piernas sin depilar no puede ser presidenta de nada, hombre. A dónde vamos a parar.

Un ejemplo sobre el tema que he visto en varias ocasiones y que ahora mismo fue tema de debate candente en el Reino Unido son los telediarios. En España, ¡cómo somos!, este debate ni se plantea. ¿Que cuál es el debate? Pues miren: ¿Cuántas mujeres de más de cincuenta años hay presentando un telediario en España, en cualquier cadena? Cero. ¿Cuántos hombres? El señor Gabilondo, el señor Prats, el señor Saenz de Buruaga... y todos aparecen flanqueados de núbiles y atractivísimas jovencitas que generan encuestas como ésta. En época de crisis, ¿el telediario es la versión casta y económica de la Mansión de Playboy?

La cuestión es que, en el campo de la literatura, ocurre algo parecido. Estoy hablando de literatura, digamos, a pie de calle, aquel listillo de la última fila que se tranquilice, que ya sé que Herta Müller ha ganado el Nobel de literatura (y aún así, en los Nobel de literatura, el ratio hombres:mujeres sigue siendo de risa). Parece que las únicas autoras, para bien o para mal, están presentes, son las que hablan de lo imbéciles que son los hombres y lo malos que son en la cama y nosotras las mujeres, pobrecitas, ¡qué mal que lo pasamos en este mundo! Que oiga, en muchos casos, ¡es verdad! Pero eso no significa que a nadie le apetezca leer compulsivamente a Lucía Etxebarría.

Lucía Etxebarría parece haberse convertido en el paradigma de aquello a lo que las mujeres que escriben pueden o deben aspirar. Ya no por la literatura en sí, sino por esa actitud de ovarios cabreados. Y esto resulta en una especie de cerca que encierra a las mujeres en un universo autoreferencial. Es decir, Michael Cunningham puede ganar un Pulitzer escribiendo sobre el mundo íntimo de las mujeres, ¿pero una mujer no puede escribir, algo, pongamos por ejemplo, a lo Tom Clancy?

J. K. Rowling, no sé si mucha gente recordará esto, publicó los primeros Harry Potters con ese nombre y no como "Joanne Kathleen Rowling" porque la editorial temía ahuyentar a los niños (niños con pene, quiero decir, no adultos pequeños), que pensarían "Puh, si lo ha escrito una señora, paso". ¡Y eso que Stephenie Meyer aún no se había puesto manos a la obra! ¿Hasta qué punto entendemos la literatura en clave de género, que lo que el autor tiene entre las piernas nos hace aplicar un código determinado al libro antes siquiera de quitarle la etiqueta del precio?

Yo no tengo respuesta para esto. El dilema me confunde, porque veo cosas, pero no sé lo que significan. Cosas como que todos los presentadores de programas de mañana en este país son mujeres. Ana Rosa Quintana, Susana Griso, Mariló Montero... se acompañan de efebos y caballeros, pero la programación de la mañana lleva bragas. ¡Qué empowered, cuánta emancipación! Y, sin embargo... todos los conductores de late o semi-late night show son señores. Aquí y al otro lado del charco. Buenafuente, Jay Leno, Wyoming, David Letterman, Risto Mejide... la aventura de Eva Hache fue una rareza efímera. Y alguna feminazi saltaría que, para poner pie en este ruedo de machos, tuvo que hacerlo a lo Diane Keaton. Pero yo no lo sé.

Me preocupa no saber desentrañar estas cuestiones de género, porque tengo la sensación de que se me escapa algo, algo esencial para comprender este mundo, a la par de aquello que el poder corrompe y por qué hay gente que se come a los gatitos.

Qué fastidio esto de no tener respuestas a preguntas que ni sé cómo formular.

jueves 5 de noviembre de 2009

Capítulo XLI: ¡No sé por qué los domingos por el fútbol me abandonas!

Resulta, yo no lo sabía, que en españa los futbolistas extranjeros, fichados con contratos millonarios que se ve que no les daran para comer, porque luego, ¡los pobres!, se tienen que dedicar a anunciar zapatillas y coches y natillas y colacaos para llegar a fin de mes, declaran menos a hacienda que sus compañeros españoles, igual de necesitados de la publicidad para pagar el alquiler y el colegio de los niños. O algo así. Mire, yo es que de fútbol no entiende. Total, lo que pasa es que el Sr. 600.000€/año paga los mismos impuestos que el Sr. 30.00€/año.

Pero resulta que ahora alguien, tampoco sé muy bien quién, ha decidido que eso no vale, que es injusto, como el sistema impositivo de tramos que tenemos en este país, pero, ¡ah!, con ése, nadie se mete, y bueno, ahora los futbolistas extranjeros pagarán como todo hijo de vecino. Que también es para decir, ¡oiga! Si resulta que no es el clima, ni la dieta mediterránea, ni la cultura lo que atrae a los extranjeros, ¡es Hacienda! Los señores de los impuestos podrían hacer un calendario, todos desnudos cubriéndose estratégicamente con declaraciones de la renta y sellos de tampón, la bomba, vamos.

Huy, que no sé por dónde iba. Ah, sí. Que el Sr. Liga Española (Española por parte de madre, Liga por parte de padre), que es el que maneja todo el cotarro y decide qué miércoles me va a tocar volver a casa en un metro a reventar de turistas que entienden que la vida está para que las suelas de los zapatos se peguen a los charcos de cerveza que derraman con tanto cariño cuando acuden en masa a ver el partido, ése señor, dice que los clubes de fútbol, que son entidades de una alarmante precariedad económica comprobadísima porque todo, ¡todo! lo hacen por el bien del aficionado, van a perder mucho dinero, que ésos pobres jugadores tendrán que hacer más anuncios y que eso no puede ser.

Que si les obligamos, muy a su pesar, con gran pena en el corazón, tendrán que ir a la huelga.

Y a mí me parece la mar de bien. ¡Es el derecho del trabajador! Que salgan todos a manifestarse, que repartan panfletos, ¡todos unidos! Y si hay que pasar una semana sin fútbol, ¡se pasa! ¡Una y las que haga falta, yo me sacrifico gustosísima!

Imaginen, sin embargo, el drama nacional. Sábado por la noche. Las familias reunidas alrededor del televisor, y... nada. Como una noche de apagón, pero con luz.

Y, aprovechando que hay luz, y que la programación de los sábados por la noche, no nos engañemos, es, por decirlo con suavidad, una boñiga de vaca pinchada en una rama reseca, ¿por qué no ponerse cómodo y abrir un libro?

miércoles 14 de octubre de 2009

Capítulo XL: ¡Hay que hacer que John LeCarré y ésta señora se conozcan!

Este vídeo es largo de narices (en la era de la inmediatez, cualquier vídeo que supere los tres minutos es largo de narices, en términos de longitud de apéndices nasales, este vídeo son tres o cuatro Cyranos), pero vale mucho la pena. Vale la pena que lo vean, damas y caballeros, y luego se lo cuenten a todos sus amigos.

CAMPANAS POR LA GRIPE A from ALISH on Vimeo.




Y si quieren un poco más de chicha, la pueden encontrar aquí y aquí.

lunes 12 de octubre de 2009

Capítulo XXXIX: Cuando están todos muertos y no lo saben

Un pensamiento fugaz, antes de salir pitando a disfrutar de este día de la Hispanidad que hace que sea fiesta pero las tiendas estén abiertas. ¡Viva España!

Llevo días dando vueltas a lo que ocurre cuando un autor tiene miedo de lo que ha escrito. Ahora diría que eso ya no ocurre tanto, porque somos muy modernos y estamos muy avanzados y ya no nos escandalizamos de nada, y en las novelas de los niños hoy en día hay sexo, drogas y Jonas Brothers.

Pero me atrevería a sospechar que el modelo "Personajes viven aventuras que, miradas bocabajo y entornando los ojos detrás de una pantalla de papel cebolla podrían llegar a ser consideradas profanas y al final resulta que todo fue un sueñoTM" nació gracias al temor de un autor a las represalias por el contenido de su obra. Seguro que, en aquel momento, al autor le pareció un arranque de genio que convencería hasta al jurado más inflexible: "¡No, señor juez, no fui yo! ¿Cómo voy a controlar el subconsciente de mis personajes?

Y con esto y un bizcocho...

viernes 18 de septiembre de 2009

¡Yo untaré!

Me acabo de enterar (el resto del mundo, al parecer, ya lo sabía; desde que la mula se puso enferma, las noticias llegan tarde a "La ejecución del autor ha sido cancelada"), por los estimables Comic Book Queers, el podcast sobre cómic que más tiempo emplea en hablar de mallas o con qué superhéroe se acostaría uno, que Frank Darabont (La milla verde, Cadena perpetua) dirigirá una adaptación televisiva de The Walking dead, serie escrita por Robert Kirkman y dibujada primero por Tony Moore, y luego por Charlie Adlard. ¡Ya tardáis en escribir a Cuatroº para que compre los derechos!



Filacterias

del DRAE, zombi.

(Voz, de or. africano occid.).

1. m. Persona que se supone muerta y que ha sido reanimada por arte de brujería, con el fin de dominar su voluntad.

2. adj. Atontado, que se comporta como un autómata.

martes 15 de septiembre de 2009

Capítulo XXXVIII: Y que tampoco se deje caer por la fiesta del Vanity Fair

Vuelta al cole después de un verano en el que M ha hecho el vago, asistido a entierros y aprendido a hacer ganchillo (todo absolutamente verídico, hasta lo del ganchillo: pueden ver -y adquirir- mis fabulosas creaciones, y otras aún mejores de manos del pequeño lord Fauntleroy aquí). Vuelta con la intención de ser un poco menos cursi. A partir de ahora, en "La ejecución del autor ha sido cancelada", abandonamos el espejismo de educar a las juventudes porque esto lo leen cuatro, y mal pagados, y ya bastante talluditos, y diré palabrotas, obscenidades, y otras ordinarieces si me sale del...

...del...

Perdón, es difícil abandonar el coríntelladismo. Llegará con el tiempo.

Voy a inagurar el nuevo curso hablando de una ordinariez en toda regla, para que vean que esto va en serio: La adaptación al cine de la novela de Audrey Niffenegger "La mujer del viajero en el tiempo".

Admitiré sin sonrojarme que esperaba esta película con muchas ganas. La novela me fascinó, por resolver con elegancia triple los escarpados alcantilados de las historias sobre viajes en el tiempo, y por ser más románticodramática que "Los puentes de Madison". Me encantó el punto punkie, muy claramente emanado de la autora, que es así como superartística y posmoderna y especialita, con las drogas, e Iggy Pop con el "I scream, you scream, we all scream for ice cream". El papel maché larger than life de Clare, el punto entre Woody Allen y héroe trágico de Henry. Puedo decir con la cabeza bien alta que "La mujer del viajero en el tiempo" fue mi libro favorito del 2007.

Así que todos comprenderán que esperaba con muchas ganas la película. Pero pronto empezaron los malos presentimientos. A mí Eric Bana sólo me gustó en "Troya", porque, en términos relativos, su actuación en esa película fue de Premio Nobel. Pero nada más me convenció. Ni la cara de granito que ponía en "Munich", ni la cara de granito que le puso el maquillaje en "Star Trek". Rachel McAdams sí que me gustaba, pero no era la Clare que el libro me dio a entender. Y luego la fecha de estreno, que se retrasaba, y se retrasaba, y se retrasaba...

Así que, finalmente, vi la película a mediados de agosto, en un cine encantador que olía a caldofrán junto al teatro principal de Plymouth (Inglaterra). Que hacía conjunto con lo encantadora que es la película. ¡Ay, qué encantadora! Desde la sonrisa de cien watios de deliciosa sorpresa de Rachel McAdams cada vez que Eric Bana aparece en escena (será porque está desnudo la mayor parte del tiempo), la sonrisa dentuda e igualmente encantada de la vida de la niña que hace de Alba, ¡qué madura! ¡qué encantadora!, la simpatiquísima secuencia en la que Clare y Henry encuentran la casa de sus sueños. ¡Qué encanto! ¡Qué delicia! Y hasta el final, ¡qué sol tan bonito hace! ¡Qué chaquetilla de punto más mona lleva puesta Rachel McAdams!

¡Qué encanto! ¡Qué adorable! ¡Qué ganas de que termine la película para dejar de sufrir!

"The Independent" comparaba "La mujer del viajero en el tiempo" con "El curioso caso de Benjamin Button", por su alarmante falta de sentido del humor y su absoluta vacuidad. El acertado reportero decía que, si el mensaje de "Benjamin Button" es "¿A que da pena cuando la gente se hace mayor?", el de "La mujer" es "¿A que da pena cuando la gente se muere?"

Todo, todo lo que podía dar a esta película un cierto tono de profundidad, de interés, de morbillo, si quieren, ha desaparecido tras un (es)tupido velo, barrido por un plumazo, obliterado, adiós, bye, bye. Lo que queda es un pastelón que desaprovecha de una forma escandalosa tantas oportunidades narrativas que uno acaba pensando que el equipo entero sufría de ceguera cognitiva y que, lo peor de todo, se toma a sí mismo taaaaaan en serio como un velatorio. Lo que podría haber sido una discreta obra de culto (¡con menos encanto! ¡con morbillo! ¡con autoparodia!) es una chorrada digna de los telefilmes que Antena 3 solía programar en las sobremesas de los fines de semana.

Así que no, Bruce Joel Rubin no será nominado al Oscar al mejor guión adaptado (ganó el Oscar al mejor guión en 1991 por "Ghost"), y eso no le sorprenderá para nada. Porque este guión lo escribió con los pies. Mientras dormía con la radio puesta.