jueves, 17 de abril de 2008

Capítulo V: Esto seguro que no pasaba en el videoclub de Tarantino


"Esto es un tío que queda magnetizado a raíz de un accidente y borra sin querer todas las cintas de vídeo del videoclub ruinoso de su amigo. Para no perder el negocio, los dos colegas se dedican a rehacer ellos mismos todas las películas"


Esta premisa es tan desquiciadamente genial que es evidente que pone muy difícil escribir un guión impecable a partir de ella. Es lo que tiene el despiporre narrativo, que siempre te pasa factura.

Aún así, la historia merece tanto la pena de ver que ni siquiera me voy a molestar en mensajes subliminales (¡id a verla! ¡id a verla!). Es tan maravilloso que se muestre la trampa y el cartón de la fantasía visual para construir una fantasía visual propia que uno no puede dejar de pensar: ¡Jo, que tío, este Gondry! Lo único que echo de menos en esta película es una verdad más aplastante debajo del encantador y estudiado cutrerío de los decorados, un núcleo más poderoso. O, al menos, algún tipo de resolución a la tensión sexual no resuelta entre Mia Farrow y Danny Glover. Pero se lo perdono a Gondry por haber conseguido que Jack Black esté más memorable que de costumbre, por poner a Mos Def con ese acento tan delicioso, y porque esta película es un regalo maravilloso envuelto con mimo. No es "Eternal sunshine of the spotless mind", pero oigan, es que Gondry no es Kaufman, qué se le va a hacer.

Despidámonos cantándole a Gondry, porque hace unas películas que a mí me gustan mucho y me hacen pensar: "¡Contro! Ya se me podría haber ocurrido a mí!"

"¡Miii-iii-cheeel Gooo-ooon-dryyyy!"